7.10.23

Wachuma

Hace un octubre atrás, un rinconcito sagrado entre los cerros de Pie de Palo me recibía para bendecirme con un encuentro mágico: beber la medicina de la Tierra, de una planta de poder. La savia amarga del San Pedro entró a mi cuerpo para llenarme de claridad y dulzura. Durante esta ceremonia yo tuve un viaje hermoso, muy pacífico, lleno de figuras ancestrales que tomaban vida, de voces que me susurraron verdades directo al corazón, colores, muchos colores vibrantes y una paz que parecía retornar desde tiempos remotos. 

Fue una noche de Luna llena donde una lechuza, mi animal de poder, abrió sus ojos y sus alas gigantes en mí. Me sentí muy anciana y también me sentí eterna. Un gran fuego de hoguera perfecto coronó la noche, bajando su intensidad con la frescura del amanecer, donde algunos cóndores revolotearon cerca observando y cuidando a la tribu. A partir de ahí, inicié un período de transformación profunda del que nadie más que yo sabe lo arduo, doloroso y poderoso que fue ese proceso. La energía sagrada del Wachuma siguió corriendo por mis venas todo el año que siguió, su sabiduría manejó mis pasos para posicionarme hoy en un nuevo hogar donde cada mañana veo, desde la ventana de mi habitación, al amanecer levantándose sobre el cordón de cerros de Pie de Palo. Aunque el trayecto hasta acá se me hizo largo y difícil de transitar, cada mañana el abuelito Pie de Palo me recuerda que todo se dio en tiempos perfectos y que hoy estoy donde tenía que estar. Volví a mi esencia, me siento en casa y en paz. Celebro este aniversario de cara a este gran Maestro. La medicina de la Tierra me sigue recorriendo y siento un fueguito sagrado chispeando que aviva sus llamas en mi interior.

- Todavía queda mucho por vivir y compartir - me dicen el fuego y la montaña. Y yo les sonrío amorosa con alivio y emoción.

Natalia Sol Peralta

Ph. Natalia Sol Peralta. Pie de Palo, San Juan.

20.8.23

10 años en San Juan

Hoy cumplo diez años de vida en San Juan. Un número que se me hace algo irreal. A veces todavía me siento como recién llegada a la provincia, otras veces siento como si apenas hubieran pasado unos pocos años y otras veces me sorprende ya tener “viejas etapas” acá, todo lo que he vivido. Me mudé cinco veces y en cualquier momento viene la sexta mudanza. Tuve amores que han sido muy importantes en mi vida. Estudié astrología, aprendí a encuadernar, hacer cerámica, hice los tres años de lengua de señas en la facu y varios talleres de escritura. Me compré un ukelele y aprendí a tocarlo. Pasé por varios trabajos e incluso cumplí el sueño de atender una librería. Publiqué dos libros; Lírica de viaje y Diáfana. Reedité profesionalmente Luminiscencia, mi primer poemario. Llené muchos, muchos cuadernos. Y los sigo llenando. Me inicié en el mundo de las ferias. Aprendí a armar carpas y hacer fuego. Transité tres duelos lejos de mi gente, el de mi mamá y los de mis dos abuelas. Pasé acá la pandemia. Viví un terremoto en el que literalmente temí por mi vida. Se iniciaron amistades, terminaron amistades y otras felizmente se mantienen en el tiempo. Conocí montón de lugares de naturaleza pura y hermosa y, obvio, el famoso Valle de la Luna. Superé el miedo a las abejas y a los caballos. Y cambié yo, cambié mucho, desde profundas transformaciones internas hasta mi forma de hablar. Ya me sale espontáneamente el “niiiño” y creo que no me lo saco más.
Aunque mucha gente se ha quedado con mi vieja versión, puedo asegurar que ya no soy la misma. Me cambió el estilo de vida, me cambió el entorno, me cambió el paisaje, y todos los duelos que pasé me cambiaron, los de afuera y los de adentro.
San Juan no era una meta de vida para mí, pero sí lo era dejar la ciudad de Buenos Aires y, siempre abierta y atenta a las señales, el destino me sorprendió y me trajo acá. Por supuesto que acompañado de una decisión consciente dentro de mi libre albedrío.
Amo la provincia de San Juan, amo todo lo que me ha dado (y también sacado), amo la paz que siento cuando camino sus calles y amo estar siempre abrazadita por sus cerros. Gracias, San Juan, una y mil veces gracias.

Natalia Sol Peralta

10.4.23

La inteligencia de la loba

 

Corre.
Corre con mujeres que corren con ella.
Corre con otras lobas.
Se detiene.
Se sienta sobre sus patas traseras
y aúlla.
La luna está negra
pero aúlla hacia esa sombra
porque extraña la luz.
Sus patas se hunden en la tierra húmeda
y percibe en ellas temblores,
cercanas erupciones de volcanes
que se avecinan.
La vía láctea chispea en sus ojos
rojos nocturnos como lava burbujeante.
Sus bigotes intuyen otras galaxias.
Esta loba mientras duermo
me mira desde los pies de la cama.
Me dice
que ya no es necesario correr
pero sí dar un gran salto,
que allí donde veo un pozo profundo
hay un bosque esperándome.
Otras veces
siento el rústico calor de su pelaje
entre mis piernas.
Y en el entresueño me confundo.
Esos pelos, esas patas, esos bigotes,
esos ojos de vigilia interminable
parecen ser yo misma, rescatándome.

Natalia Sol Peralta